domingo, 12 de febrero de 2012

Grandes esperanzas


El cielo se tiñe de rubí intenso, fundiéndose en el horizonte al tiempo que el azul cyan de la noche cubre la escena. El ocaso de un nuevo día. Todo acaba hoy, todo lo que soñé y no se cumplió, todo lo que quise y nunca tuve, todo lo que prometí y nunca hice. Hoy es el fin. Hoy estoy en la cima de los fracasos, en el clímax de la desdicha, en el Everest de la tristeza. Hoy muere mi vida mientras el sol se evapora entre las montañas. Hoy no merece la pena luchar, porque no conseguiré nada. Hoy se me ha escapado el tiempo de entre las manos. Hoy pierdo toda la alegría que tanto me ha costado encontrar, hoy miro a mi alrededor y nada es igual. Hoy todo ha cambiado para mí en este pequeño fragmento de universo, cada vez más desgastado y amarillento. Hoy muere el día, y la parte más bella de mí muere con él. Ese pedazo de alma donde guardo todos los sueños, todas las fantasías, todas las esperanzas, nunca volverá. Ha muerto de dolor y de pena, enfrentándose a una realidad cada vez más dura que nada tiene que ver con el paraíso que una vez le prometieron. Las promesas, una vez más, se desvanecen con el soplo incesante del viento. Y yo, con el alma mutilada, resquebrajada por el frío que se torna hielo, digo adiós a las Grandes Esperanzas.

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