sábado, 9 de octubre de 2010

12 horas sin el tiempo


El tiempo se había quedado detenido en aquella habitación. Apenas había ocurrido ningún cambio en las 12 horas anteriores. Ni siquiera yo había sufrido el paso del tiempo. Debería tener la muñeca hinchada y entumecida por llevar el reloj, pero nada, no le ha sucedido nada. El reloj no se ha parado, pero el paso del tiempo sí. O quizás el tiempo ha seguido corriendo ahí afuera y sólo se le ha olvidado pasar a por mí. ¿Y si el tiempo sólo está jugando conmigo? Debe ser aburrido estar toda la eternidad solo, viendo a los demás hacer sus vidas, cumplir o destrozar sus sueños, porque la forma más fácil de huir es dejarlo todo al tiempo, "el tiempo dirá", "dale tiempo", "tiempo al tiempo"; es lógico que el tiempo esté saturado, cualquiera lo estaría, por eso le perdono que se haya olvidado de mí, o quizás debería ser al revés, que él me perdonase a mí por darle tanto trabajo y tratar de que todos mis problemas fuesen solucionados por el arte mágico del tiempo. Así que el tiempo debe haber jugado conmigo para que yo no juegue más con él. Pobrecillo. Menos mal que siempre lo acompaña el espacio, si no, la eternidad debe ser muy aburrida. Supongo que estará cansado de controlar todos los mundos, de escuchar tontas elucubraciones acerca de su paso, de su existencia; harto de crecer continuamente, sin la esperanza de volver hacia atrás, expandiéndose en el universo, sabiendo que llegará a un punto donde ya nunca pueda expandirse y todo tenga que acabar o sabiendo que al acabar cualquier existencia, otra nueva empieza, algo nace cuando algo muere, y sabiendo eso, quizá muera en paz, aunque tenga conciencia de llevarse consigo todos los mundos que controla para volver a verlos nacer. Cuán noble es el tiempo, se enfrenta a su final sin sentir miedo de dónde irá o en qué se transformará o si dejará de existir nunca jamás y el universo muriese con su ausencia.

Qué difícil debe ser que todo dependa de ti. Y qué fácil es dejárselo todo al tiempo.

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