viernes, 3 de septiembre de 2010

Memorias de una hormiga rebelde

Desde lo alto de una azotea se ve mejor la metrópolis. Los coches, esas pequeñas e insignificantes motas de luz que se difuminan en la distancia, serpentean como un endiablado pájaro en un incesante batir de alas. Todos pasan, nadie espera. Ajetreo, murmullo. Ruido, ajetreo. Un torrente inacabable de prisas, luces y pitidos en la sucia bruma de la contaminación urbana. Por las aceras, viandantes que se entrechocan, se maldicen, se enfurecen entre murmullos. La gran ciudad nunca duerme; pero si en algún momento despertase, sería en este. Sin embargo, los bostezos de una vida tranquila no interesan a la muchedumbre febril por su locura.

Siempre te cuentan que las hormigas son el mejor ejemplo a seguir: trabajar hasta la saciedad. Ahora sé que la vida de una hormiga no puede ser feliz, por la total ausencia de tiempo que compartir con el resto de hormigas (fuera del trabajo, claro).

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