jueves, 9 de septiembre de 2010

Los jueves al sol


Hoy, mi árbol del bien y el mal, no proyecta sobre mí su sombra. Prefiere ladearse, y dejar que me bañe la luz, que recorra todo mi cuerpo y se infiltre por los poros de mi piel, hasta anclarse con fuerza en mi corazón, de forma que se alumbren mis noches oscuras, tétricas, en las que pesadillas sobre la monstruosidad de la raza humana y el dolor me roban el descanso cotidiano. Hoy, el viento me envuelve el cuerpo, para que el calor no hable jamás antes que la razón, y pueda contar hasta diez, antes de que el látigo de mis pensamientos llegue a las palabras. Hoy, soy la única humana en varios kilómetros a la redonda, y no me siento sola, porque la naturaleza está conmigo, en una armoniosa convivencia basada en el mutuo respeto. Hoy, es un día brillante para mí, y sin embargo, no soy feliz, porque hay personas que no podrán disfrutar de él, ni de las maravillas de la naturaleza, ni de la majestuosidad de la vida. Porque hay personas a las que se les niega este derecho. Millones de niños que no podrán ver el siguiente amanecer a causa de déficit alimentario u otras enfermedades derivadas de las condiciones higiénico-sanitarias infrahumanas en las que se encuentran. Busco culpables. Y los encuentro. Al mirarme al espejo, al salir a la calle, en un centro comercial, en la tele, en el periódico; en todas partes.

Sí, la raza humana se auto-destruye por puro egoísmo.

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