jueves, 9 de septiembre de 2010

El augurio maldito


No confiaba en él. Se dejaba arrastrar por una pasión refrenada a lo largo del tiempo, pero en el fondo estaba asustada. Olía el peligro, el dolor, pero no sabía cómo hacer parar aquel frenesí que envolvía la mente de Edward. Y la suya.

Se estremecía con cada roce, cada caricia. Pero no era placer. Tenía miedo. Sabía que le fallaría en algún momento, que sus palabras eran nobles, pero que no las acompañaban sus intenciones. Tenía un presentimiento.

Intentó entonces detenerle, pero era demasiado tarde. Se negó a gritos a retroceder, a escuchar a Rebeca. Fue en ese instante en el que ella conoció el dolor que había estado imaginando. Arañaban sus uñas la piel de Edward, pero no servía para nada. Se había convertido en un animal salvaje incapaz de ser controlado. Y no había fuerza humana, ni siquiera la resistencia de sus piernas a abrirse, que pudiera parar a aquel monstruo que le arrancó su pureza y su vida.


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