martes, 3 de agosto de 2010

Córdoba

Es difícil transmitir con simples palabras la majestuosidad del paraíso, pues este lugar no contiene láminas de oro que cubran las paredes, ni piedras preciosas incrustadas en las columnas. No, nada de eso. El paraíso que yo he conocido es un edén de la mente, un disfrute sin límite y un frenesí de carcajadas que nublan las penurias de la vida. El paraíso que yo he conocido, el que acabo de dejar, aquel al que quizás nunca vuelva, sólo se constituye de jóvenes emprendedores, de almas investigadoras, de mentes científicas, y por encima de todo, de personas. Sí, he tenido la enorme suerte de hallar amistad, nobleza y simpatía en el idilio de la razón, en el palacio de los saberes, en un pequeño e insignificante Campus que se desdibuja sobre el crepúsculo de Córdoba. Casualidades del destino hicieron que yo acabase allí, del mismo modo que casualidades del destino hicieron que me encontrase con las mejores personas del mundo, todos y cada uno de mis compañeros.

Al principio, el miedo dio paso a especular, imaginar, tratar de predecir el futuro. Nos asaltó la sensación de agobio, tedio, aburrimiento. Nos sentíamos solos, dando vueltas en una cama demasiado pequeña e incómoda, en el interior de un habitáculo frío y vacío, sin vida. Pero poco a poco, entre SUDOR, sonrisas y lágrimas, fuimos creando lazos invisibles, vínculos irrompibles que no se romperían jamás, ni por toda la distancia que pudiésemos poner entre nosotros. Porque entre chaparrones de hielo, partidas de cartas y observación de UN HUEVO, iba naciendo entre nosotros un sentimiento: la amistad. Una amistad que se convertiría en eterna, a pesar del dolor de los kilómetros, porque aunque todos sabíamos que nunca volveríamos al paraíso, también sabíamos que nada era imposible y que estaríamos dispuestos a desafiar todas las reglas del destino, si fuese necesario, con tal de volver a vernos.



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