martes, 3 de agosto de 2010

7 letras

Ahora que estás lejos me doy cuenta de cuánto te quiero. A todas horas noto un martilleo incesante en el corazón, que no me deja dormir, sentir, vivir. Cada vez más me arrepiento de no haberme quedado con aquel pequeño recuerdo tuyo, para que hubieras tenido que venir a por él. Me muero de impotencia sólo con imaginarte tumbado al sol estival, de la mano de cualquier chica más guapa, más madura, más mujer que yo. Porque a mí no me importa la distancia, como nunca me importó la edad; pero no sé si sientes lo mismo o es una ilusión, una neblina etérea, pasión, amor, no sé si estás lejos o estás cerca de mí, porque te veo en todos los recovecos de mi pensamiento, en cada esquina de mis recuerdos, en cada cristal de mi memoria, y sólo puedo preguntarme dónde estás, qué estarás pensando, qué estarás mirando y si serás feliz con tu horizonte o desearás un poco como yo que el tiempo pasado regresase al presente, y que no existiesen formalismos ni barreras que prohibiesen este sentimiento, y poder besarte sin pensar, mirar o imaginar que nos descubren, y amarte en la soledad de mis noches vacías, donde el ruido se confundiese con la brisa al entrechocar con las copas de los árboles, y decirte lo bonita que es tu sonrisa, y cuánto hace galopar mi corazón, y poder tocarte como nunca nadie lo haya hecho, olvidando que con dieciséis años recién cumplidos, nadie te tiene en cuenta, salvo aquellos que buscan aprovecharse de ti o aquellos que matarían por tener tu juventud, olvidando la forma de nuestros cuerpos en un sinfín de sueños, miedos y burbujas entrelazadas. Y olvidando también que ni siquiera estos encuentros han sido reales, sino solo una sombra de lo que alguien dijo que algún día una febril mente adolescente podría llegar a soñar. Olvidando todo, sólo recuerdo que te quiero.

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