jueves, 8 de julio de 2010

Las alas de una mariposa

Si pudiera volar, sería una mariposa. No me importaría ser la más grande, o la más pequeña, la más bonita o la más sencilla. No. Sólo me contentaría con ser una mariposa. Las mariposas no sobrevuelan las nubes, no ven el mundo desde lo más alto del cielo, sino que pasean, danzan, planean entre las briznas de aire y hierba de nuestro mundo terrestre, miserable y sucio. Pero ellas se levantan lo justo para poder ver cómo somos en realidad, de cerca. Si yo fuera mariposa, no volaría alto, pues me olvidaría del resto de seres del mundo, y no podría deleitarme al contemplar las miradas de otras vidas, los vestigios de otros mundos, encerrados en tan sólo un par de ojos. Pero esa no es la única razón por la que ser mariposa. Si hay algo realmente fascinante de sus alas es de donde proceden. Antes de volar, el destino les regala un precioso lapso siendo orugas, los seres más cercanos al suelo, obligados a arrastrarse para sobrevivir, con el único amparo de la lluvia y el sol, exponiéndose a todos las adversidades de la creación. Pero al fin, un prodigioso día, al despertar de una pesadilla continuada, abren sus alas al mundo, para volar sobre el pequeño universo de la vida, sabiendo que la magia puede surgir de las cenizas, porque sólo basta con desear volar para conseguirlo...

Por eso, yo sería una mariposa.

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